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Los dos estábamos frente al espejo, pero sólo me reflejaba yo. Recién bañados, recién limpios, recién frotados, de champú y jabón de olor a fresas salvajes. Le dije que no quería escribir la canción más hermosa del mundo. Le dije, en cambio, que Sabina sí.

Entonces vi como la nítida copia de mí fracturaba aquellos ojos que se miraban a sí mismos, se rompían, como un dique que contuviese un mar infectado de delfines saltando de mi cabeza a todos lados. Y no solo eso. Pensé de inmediato que podía escribir el poema más hermoso del mundo. Me dije que Sabina no. Pero ella estaba a mi lado y a la vez cuando me dio su mano, esta se estiraba, como se estiran los fuelles de los instrumentos de música cuando entregan notas melosas y la melodía entonces es una consecuencia.
Comenzó a vestirse como quién se adorna de hojas secas, como quien triste gusta de los colores del otoño. Sin embargo, afuera en realidad estaba el invierno. Zumbaba el aire frío por debajo de la puerta del balcón hasta colarse, apenas, bajo la puerta del baño. Me abrazó de súbito por ese reflejo que se tiene cuando la espalda es cruzada por una fría sensación. Mientras, me ponía yo el pantalón, y no sentía más que una habitación de cerámica fácilmente empañable, saturada de humedad y de aire irrespirable.
También estaba la distancia. Cuarenta centímetros entre nosotros era una simple medida de la no cercanía, un socavón de carretera abandonado a su suerte en alguna de las infinitas calles del desierto en cualquier lugar del mundo, un desvío de raíl de tren, amputada vía en alguna de las viejas estaciones de cualquier lugar del mundo. Así vi como ella montaba en tren, a medio vestir, y se alejaba alcanzando a ver solamente sus ojos grandes y negros, como desapareciendo. Luego vi como el tren atropellaba delfines, tumbándolos a cada lado de su cara.
Los dos estábamos. Pero el espejo era una ciudad profunda, gótica, oscura… y yo no tenía a quien rescatar. Terminamos de vestirnos coronándonos con bufandas, guantes, los gruesos sombreros de invierno, y antes de salir juntos por la puerta, lancé un adiós acristalado de espejo a reflejo, de ciudad imaginada a habitación habitada, como una voz, una onda de traslación que acaso creí entender no la quieras tanto.
Nunca supe después que pasó.

ACRey.

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