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Ayer asistí como padre emocionado al debut artístico del ballet de mi niña. Seguramente algo intrascendente para la élite del Ballet Mundial, pero para los padres y familiares que abarrotaron el Teatro Principal de Zaragoza, fue sencillamente especial. No creo que alguien piense que se juzgaba la calidad y el estilismo de los bailes en niñas de cuatro años, y otras de edades superiores, sino que más bien se premiaba a los niños y sus familias al ver sus propias actuaciones en un gran Teatro. Premio a la disciplina física, y dicho sea de paso, al esfuerzo económico, que se traduce en educación extraescolar, desarrollo motriz, y una sonrisa de oreja a oreja de la cual mi niña aún no se recupera.
Claro que, mientras esto sucede, veo a los fantasmas de los otros niños del mundo que lejos de tener Ballet no tienen ni que comer, y bailan a disgusto la danza del hambre.
También veo a aquellos niños de la Lisa zambullidos en un contenedor de basura frente a la que fue mi casa en «Genética», La Habana. Ahora que el gobierno cubano ha puesto de moda el tema de «los que buscan» en la basura, porque les está apresando. ¿Enseñaran Ballet a los niños de la basura? Ahora que muchos blogs se dan cuentan de que existe un problema humeante de escatologismo en Cuba y otros países. ¿Ahora?
Ajena a todo ello mi niña bailó y se sintió bailarina. Corrió como una pluma sobre el tablón, moviendo los brazos con ademanes de mujer fina y recatada. Saltó, y se ovilló, y sacó de la nada su pequeña mano ondeando como bandera. Recibió aplausos de todo el teatro y hasta un ramo de flores por su actuación. Mi Alicia Alonso, mi Lorna Feijoo, mi Sara Baras reconvertida en flamenca, y en español.

ACRey.

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