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Resulta que un día vas caminado por algún lugar cualquiera del mundo y te encuentras con algún cubano que pensabas no verías jamás. Sobre todo después de aquel día que hiciste una fiesta hasta que te emborrachaste, y que tal vez no dormiste, o sí lo hiciste, luego de llorar con tus amigos a los pies del malecón. Tal vez diste una patada al muro y te llevaste el trozo desprendido de recuerdo. Lo sabías. Cogerías el avión al día siguiente para no volver nunca más.

O en el peor de los casos tomarías una lancha rápida atrapada de pánico en el segundo de un pestañear. O peor todavía, porque nunca se sabe dónde están las riendas de la desesperación, te tiraste al mar en una cámara de tractor remando con tus propios brazos.

Ese cubano entonces te contará su propia historia circense de cómo huyó si era perseguido, o como se inventó el congreso utópico de la pulga para huir también. De inmediato te cuenta la colección de amigos tuyos que han sido enviados por el destino a lugares insospechados. Y no te lo crees. No das crédito a que casi toda tu generación esté dispersa como los puntos de las ies en un párrafo, rumiando la nostalgia, sufriendo una tarifa de teléfono que de tan alta da vértigo, o a la desconexión familiar de la red.

Te tienes que ir. Te vas caminando con paso inseguro, pensando. Hasta luego. Y te preguntas, cuando te sientas en un bar y pides un café, cómo es posible.

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